Una vida elevada es aquella que está vacía de sí misma y llena del Espíritu Santo. Es una vida que desarrolla el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. El fruto del Espíritu no solo nos transforma, sino que impacta a todos los que nos rodean: en el hogar, en el trabajo, en la iglesia y en la comunidad. De esta experiencia de transformación trata la Semana de Evangelismo Femenino, que este año lleva por título Vida que Eleva.

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